Tras desayunar con tranquilidad levamos ancla, zarpando de esa bonita cala Aliki y arrumbando a Samotracia. Es decir, la Samos de Tracia, como se denominó por haber sido colonizada por gentes de la isla de Samos. Durante la primera hora fuimos a motor para cargar baterías, lo que siempre es conveniente, pero justo despues izamos mayor y génova. El viento era de través, de fuerza 3, y la mar estaba bastante en calma. Eran las condiciones idóneas para una navegada rápida pero tranquila; y asi fue.
Con la bruma existente esa mañana no vimos la isla de Samothraki hasta unas millas cerca de ella, a pesar de la altura de su pico, el monte Fengari de 1.611 m sobre el nivel del mar. Poco antes de las 15 h arribamos al puerto de Kamariotissa, abarloándonos al muelle que estaba libre, frente al de los pesqueros, la guardia costera y el ferry. La islas griegas estan constantemente comunicadas entre si y con el continente mediante ferries, que van diariamente de un punto a otro, lo que sin duda supone un elevado coste para las arcas públicas. Al poco de llegar nosotros, partió el ferry de ese día con dirección a Alexandroupoli, la ciudad al norte, ya en el continente.
Este es un puerto que acoge a los grandes pesqueros de la zona, pues esta es una importante área de pesca. Kamariotissa no es la capital de la isla, pero es la población marítima. Es un pequeño y ordenado núcleo urbano, con un agradable paseo marítmo lleno de terrazas.
Lo primero que hicimos fue comer, siendo el menú del día ensalada mixta, albóndigas caseras - apostamos a que ese día en ningún otro velero del Egeo se habría comido albóndigas caseras - con patatas fritas, vino tinto, sandía y café con metaxa. Después el capitán alquiló un coche y nos fuimos a recorrer la isla. Pretendimos visitar el santuario de los grandes dioses, pero tienen jornada de verano, estándo solo abierto de 8.00 h a 15.00 h. Esto es una prueba del escaso número de turistas que visitan diariamente la isla. No tuvimos mas remedio que posponer la visita al día siguiente.
Por ello continuamos por la costa norte en la que el turismo está formado por mochileros - los "hippies del S. XXI" -, que acampan cerca de los bosques y cascadas que hay en esta zona. Es impresionante la frondosidad de esta isla, con cascadas que en el mes de agosto siguen aportando agua en grandes cantidades.
Después paseamos por alguna playa de esa parte de la isla, playas cuya base no es arena si no piedra, cantos rodados. Son playas incómodas, pero era por donde teníamos que pasar ya que queríamos ver los restos de una torre medieval que hay en una de esas playas: la torre Phonias.
Tras ver la torre, regresamos a Kamariotissa, ya que la carretera que recorre la costa no circunvala totalmente la isla, y para ir a las playas del sur ha de pasarse de nuevo por aquella población. Las playas del sur son la antítesis de las de la costa norte: son largas y amplias, con arena muy fina y dunas. Es a donde van los habitantes y los turistas de la isla. En la parte sur de la isla es donde están los cultivos de cereal y olivo.
Tras ese periplo isleño nos fuimos a cenar a una taberna - la Taberna 1900 - en la capital de la isla, Xhora. Esta es una población muy turística, situada en el interior. Naturalmente en la cena no faltó la típica mousaka, ni el vino blanco "de la casa", que fue el que nos recomendó el dueño de la taberna, por encima de otros que tenía en su carta.
Al terminar de cenar regresamos al puerto, y al barco. Fernando, como jóven, prefirió primero dar una vuelta por esas terrazas de Kamariotissa, y nos contó una anecdota que refleja muy bien el espíritu con el que - como ya contaré mas adelante - los funcionarios griegos enfocan su trabajo: el policía urbano de la población cenaba apaciblemente con grupo de amigos estando de servicio, es decir, uniformado y con su moto oficial al lado suyo. Es una imagen que nos retrae a la España de los años 60 del siglo pasado.








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